La salida
Salí temprano de Monterrey y no paré hasta Austin: siete horas de carretera, desierto hasta donde alcanzaba la vista, tráilers por todos lados y un sol que pegó fuerte todo el día. En algún punto crucé la frontera y pisé otro país en moto por primera vez en este viaje.
El segundo día ya traía su primer susto — después de Fredericksburg y de un Stonehenge que existe en Texas (sí, en serio), se me hizo fácil parar a ver el atardecer a la orilla de un río. El tercero arrancó con una lluvia que no dejaba ver ni con todo el equipo puesto. Salí de Junction sin saber dónde iba a dormir, y por primera vez eso no me preocupó.
Nuevo México me lo cobró todo de regreso: empecé una mañana a 300 metros bajo tierra en las cuevas de Carlsbad y la terminé entre las dunas blancas de White Sands.
Arizona enseña paciencia
Crucé de regreso a México por Nogales para una parada express en Hermosillo — evento familiar, un respiro en casa — y volví a cruzar hacia Tucson con hora y media de fila incluida. Ahí aprendí la primera regla del viaje: el ritmo lo pone el día, no el plan.
El mejor día de esa semana ni siquiera estaba planeado. Mi tío, que también es motero, me recomendó Happy Jack Road: salí de Globe, pasé por la presa Roosevelt y terminé entre pinos, con el aire frío y sin un solo coche enfrente. Después vinieron Sedona por la carretera 89, y el Gran Cañón entrando por Desert View. Lo has visto mil veces en fotos y películas. Nada te prepara para tenerlo enfrente.
En la moto no hay parabrisas entre tú y el paisaje. Hueles la lluvia veinte minutos antes de que te alcance.
Amanecí en mi camping, me hice el desayuno y rodé hasta Monument Valley, en territorio de la Nación Navajo. Y de ahí, un Zion express: visita rapidita, pero suficiente para entender por qué ese lugar es una locura.
Elvis, secuoyas y la Highway 1
El día 15 no fue de manejar, ni de perseguir paisajes o sumar kilómetros. Estábamos en Las Vegas y de repente terminamos frente a Elvis en una capilla. Hay días que se celebran desde otro lugar.
Al día siguiente, el extremo opuesto: el Valle de la Muerte, el lugar con el récord oficial de temperatura del planeta. Luego Sequoia — subir a Moro Rock, pararse junto al General Sherman y sentirse del tamaño correcto — y cuatro horas de curvas hasta Yosemite, con El Capitán y Half Dome recibiéndote. Hicimos el Mist Trail: 11 km, unas cinco horas, y cada paso vale la pena.
San Francisco fue pausa y negocio: un día completo en Silicon Valley, que para alguien a quien le encantan las empresas es su propio parque nacional. En Cloverdale me detuvo la policía (sí me entró el nervio). Y entonces llegó la Highway 1, donde el bosque se mete al mar, y los Redwoods: los árboles más altos del planeta. Manejar entre ellos te desproporciona todo.
El noroeste me puso a prueba
Crater Lake es lo que queda de un volcán que colapsó hace miles de años, lleno de agua imposiblemente azul. El día siguiente fue lo contrario de bonito: a las 3 am, en Roseburg, me despertó un ruido raro. Era el seguro de la moto pegando contra el rin. Me asomé y había dos personas intentando llevarse a La Negrita.
En Washington desperté frente a Mount Rainier completamente nevado — un volcán activo de más de 4,300 metros — y tuve que cambiar el plan porque no se podía caminar. En Olympic National Park, a la 1 de la mañana, escuché pisadas afuera de la casa de campaña. Luego una respiración. Era un oso.
A veces no se trata de hacer todo lo que planeas. Se trata de aceptar lo que el día te da y aprender a fluir con eso.
Y entonces, el golpe: la visa para Canadá no llegó a tiempo. Aproveché para darle servicio a La Negrita después de más de 10,000 km en BMW Motorrad Seattle, me metí a North Cascades hasta donde el derrumbe lo permitió, y de camino a Concrete cumplí una meta del viaje sin buscarla: fotografiar un águila calva.
Canadá, como se pudo
Llegué a Canadá, pero no como lo imaginaba. Dejé a La Negrita resguardada en Seattle, tomé un tren al aeropuerto y un vuelo de 40 minutos a Vancouver. No fue cruzando en moto. Pero llegué.
Conseguimos una moto allá para rodar la Sea to Sky de Vancouver a Whistler: mar de un lado, montañas del otro, glaciares a lo lejos. De esas carreteras que no quieres que se acaben. Después, otra decisión difícil — una tormenta invernal dejó las Rockies con nieve, hielo y riesgo de avalanchas, y aunque me hacía muchísima ilusión cruzarlas en moto, el riesgo ya era demasiado alto.
Lake Louise, Emerald Lake y Lake Minnewanka — el "Lago de los Espíritus" para los Stoney Nakoda — estaban congelados y cubiertos de nieve. Nada de agua turquesa. Igual de impresionantes. En Calgary me despedí de mi esposa y volé de regreso a Seattle por La Negrita.
Llegar es la mitad. Literalmente.
El regreso
Volver a subirme a La Negrita se sintió raro y muy bien al mismo tiempo. El plan: Idaho, Montana, Wyoming, Utah y Arizona hasta Hermosillo. Montana contestó con nieve, aguanieve, viento y temperaturas bajo cero, hasta un punto donde seguir avanzando dejó de sentirse inteligente.
Yellowstone lo compensó todo: bisontes caminando como si nada, vapor saliendo de la tierra, más de la mitad de los géiseres del planeta en un solo parque. Llevaba dos días buscando un oso con la cámara lista, parando en cada claro. Y apareció. Después, las Grand Tetons — que no tienen introducción, salen directo del valle hacia el cielo — y Jackson Hole.
Saliendo de Salt Lake City, después de casi cinco horas, el paisaje cambió por completo. Atrás quedaron los pinos y la nieve. De repente todo era rojo. Moab, los más de 2,000 arcos de Arches, y ya en Arizona un regalo que no estaba en el plan: el Salt River Canyon, el "mini Gran Cañón".
Crucé a México oliendo a casa. Mismo lugar, distinta persona.